El Cinebar recomienda: Zama de Lucrecia Martel

Por: El Cinebar

Lucrecia Martel es una directora argentina aclamada por la crítica y muy bien recibida en los festivales de cine. Es una mujer sensible e inteligente que navega en las aguas de la decadencia social y familiar en sus contenidos cinematográficos para contar historias con un humor sórdido casi imperceptible.

La forma narrativa con la que trabaja está cargada de sutilezas y mucho cuidado en los detalles, evitando a toda costa cualquier obviedad y explicación. Después de casi una década de espera, regresa con una película tan hermética como sugerente. Un ambiente cálido, árido, en plenos mil setecientos, en medio de la nada sudamericana en un juego de poderes cotidianos entre la corona española y sus conquistados.

La película requiere de un espectador atento y activo para hacerle justicia y descifrar los detalles de patetismo del personaje principal Don Diego de Zama. Interpretado magistralmente por el actor mexicano Daniel Giménez Cacho quien logra en la economía de expresiones una interpretación muy clara y verídica de un hombre desesperado sin exagerarlo. Resignado sin dejar de luchar y patético sin perder su rango.

Las sutilezas en el trato con el otro, con la otredad con lo ajeno se va desarrollando hasta el más claro salvajismo. No hay una lucha frontal, hasta el final, todos las luchas son cotidianas entre unos y otros y más agudas entre semejantes. Hasta antes de llegar al salvajismo total.

Un permiso del Rey para ser trasladado a otra ciudad con su familia, es lo único que necesita Zama para lograr su objetivo, una carta del gobernador que interceda por él para lograr su cometido ante el Rey, una petición tan sencilla que está una y otra vez apunto de cumplirse hasta nunca hacerse realidad.

La película está retratada en un preciosismo muy sutil que inspira a la mirada en paisajes rústicos y áridos, acompañados de sonidos mezclados entre la naturaleza y los efectos de sonido más abstractos perfectamente mezclados e interconectados.

Lucrecia Martel no da concesiones, ni al espectador ni a la historia, uno se enfrenta a una obra monumental y tiene que ir preparado para estar lo más a la altura posible y disfrutar sin intentar descifrar. Un reto mayúsculo como lector de imágenes y de sensaciones desde una pantalla grande.

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