Ahora, la tierra vibra de esperanza

No pasó mucho tiempo para que nos diéramos cuenta que el siniestro había sido uno diferente, uno que sacudiría violentamente nuestras prioridades. De inmediato tuvimos que superar nuestra sensación de vulnerabilidad, pues era momento de movernos. Sin importar profesión u oficio, fuimos bastantes los que salimos a ayudar, a realizar tareas que sabíamos eran necesarias para salvar vidas, desde remover escombros, hasta donar medicamentos, agua, comida, herramientas, cobijas, lonas, casas de campaña y dinero. Ante la lluvia, hasta nos las ingeniamos para crear impermeables de bolsas de basura. La experiencia ha sido también una entrega desinteresada, una donación de nuestro tiempo y de nuestras propias manos.

Procuremos recordar cada día de nuestras vidas el aprendizaje que surgió de presenciar la solidaridad y bondad del ciudadano mexicano. Es curioso cómo después de una tragedia ha sido posible recuperar un sentimiento que para muchos desde hace tiempo estaba hundido, el de la esperanza. Después de tantas noticias de violencia, de feminicidio y desapariciones, resulta difícil no adoptar una perspectiva gris y perder esa fe ciega en el ser humano. Ahora sé por seguro que nos subestimé, que esa pérdida aplica para quien abusa de la benevolencia en específico, y que la solidaridad es incluso más contagiosa que un bostezo.

Todos tuvimos y tenemos todavía granos de arena que aportar. Lo más interesante fue la manera en la que distintas disciplinas lograron converger en el mismo propósito de levantar a México. Esto ha sido una clara demostración de que otros métodos de organización son posibles, métodos que logran traspasar cualquier forma política. Aunque hubo labores que no discriminaron profesión, creo que llegó un momento en el que todos nos preguntamos, ¿cómo podría aportar yo, desde la particularidad de mi persona? Yo como sonidista, tuve la oportunidad de brindar musicoterapia en albergues, así como la posibilidad de prestar mi equipo de sonido en zonas de rescate.

Hoy me pregunto, ¿qué será de nosotros a los que nos apasiona la vida tanto como nos duele?, ¿de nosotros a los que la información nos es un combustible más que una simple estadística? ¿Estamos condenados al entumecimiento, al aturdimiento, a la estática, a ese hueco elástico y eterno que nos causa tanta saturación? Emprendamos una búsqueda incesante del silencio, de un hilo estable que nos de sentido.

La diversidad interdisciplinaria que existe en esta ciudad destacó, y fuimos muchos los jóvenes que ayudamos desde nuestra vocación. Es clave identificar la relevancia de las acciones particulares de cada disciplina. Sumadas presenciamos una ola de cambio, un reflejo de que la coexistencia y la armonía son posibles, incluso entre tanto caos. El que escribe dio testimonio, el que es fotógrafo comenzó a documentar, el que es programador ayudó a generar bases de datos confiables, el que es psicólogo ofreció sus servicios, sin olvidar la importante labor del médico, del soldado, del profesor, del arquitecto, del cocinero, del veterinario, del ingeniero estructural, del empresario, del diseñador gráfico, del periodista, del abogado, del taxista, del fletero, del albañil, del extranjero… y así, seguro podría llenar una libreta.

Aprendimos también a apreciar aquellos pequeños detalles que poco a poco se engrandecen en la memoria, vi a un vendedor en su puesto regalando flores, a personas que prestaron sus perritos en los albergues sólo para acariciarlos, personas regalando abrazos. Los desconocidos dejaron de serlo, incluso aunque no nos supiéramos sus nombres. Ha sido un gran regalo ver las sonrisas de los niños jugando, independientemente de su situación. Es impresionante la manera en la que se ha extendido mi capacidad de admiración, la cual antes no consideraba reducida. Aún hay muchas cosas por hacer, pero la esperanza recuperada ha fungido como un empuje, una palanca, un despertar.

Sin olvidar, la vida poco a poco tiene que recobrar su flujo, su ‘normalidad’, no dejaremos que el trauma nos noqueé, que el golpe nos mantenga estáticos. ¡Fuerza!, resistámonos ante el sentimiento existencial, y hagamos valer el tiempo que nos queda, incluso aunque al final desconozcamos tal cantidad. Ahora el reto es mantener tangible eso que nos ha unido.

Foto por: Mónica Godefroy / monicamexicana

Alejandra Laveaga estudia el último semestre de Ingeniería en Producción Musical Digital en el Tecnológico de Monterrey, es originaria de Mazatlán, Sinaloa, y reside en la CDMX.

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