‘El arte del paseo inglés’

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El arte del paseo inglés

Varios autores

Editorial Tumbona


Dice el escritor Héctor de Mauleón en su libro “La ciudad que nos inventa”, que el peor enemigo de la Ciudad de México es el automóvil. Desde el primer día que llego y surco las calles, allá por los años del Porfiriato, el auto destruyó el estilo de vida de la antigua ciudad de los palacios, se abrieron avenidas, ejes viales, destruyendo manzanas de edificios coloniales, para que el auto pudiera expandirse cada vez más obligando a los ciudadanos a correr por nuestras vidas, literalmente. Los antiguos paseos urbanos, como el Paseo de la Reforma o el Paseo de Bucareli, adonde la gente iba a solazarse con la conversación, con la antigua y muy mexicana de ver y dejarse ver, fue exterminada cuando estos paseos se convirtieron en ruidosas y vibrantes avenidas, dominadas por el paso traqueteante de millones de autos, que ahora dominan el paisaje de la gran ciudad, y que nos ha llevado a sufrir las consecuencias de la contaminación ambiental con todo y contingencias ambientales como las que vivimos hace unas pocas semanas.

Los ingleses, dueños de muchas tradiciones saludables que se extendieron a lo largo del orbe como el juego del fútbol, también son dueños de una tradición literaria y filosófica impresionantes, a prueba de cualquier discusión. Dentro de estas tradiciones culturales, los ingleses son dueños de la tradición del paseo, de la caminata, como acto estético, algo que la editorial Tumbona en esta antología de textos sobre los beneficios cognoscitivos y estéticos de caminar titulada como El arte del paseo inglés, primer libro de la nueva Serie Bípeda de la editorial.

El libro contiene textos de escritores ingleses del siglo XIX y principios como Thomas de Quincey, Charles Dickens, Robert Louis Stevenson, Virginia Woolf, quien se suicidaría ahogándose en el río Tamesis después de dar un largo paseo, y Aldous Huxley , entre varios más, quienes nos regalan una serie de reflexiones deliciosas sobre la importancia que tenía para ellos y para sus obras, caminar, caminar largos o cortos trechos, de preferencia al aire, solos, para poder escuchar con claridad sus pensamientos, aclararlos. La caminata es un momento de disfrute, en el que el escritor, deja de estar activo pero permanece atento del camino que tomaran sus ideas.

Podemos decir en este tenor que la caminata se convierte así en un acto estético pues permite la creación. Un acto que va indiscutiblemente ligado a la escritura, pues sin una mente lúcida y clara, no es posible escribir textos maravillosos como los que nos regalaron varios de los autores presentes en esta antología, realizada por el poeta mexicano Luigi Amara, quien por cierto también es un asiduo practicante del arte de caminar las grandes ciudades, para dejarse ir a través del torrente de palabras que pueden surgir de estos viajes internos, como nos lo dejo claro en su libro de poesía “A pie” publicado hace algunos años en la editorial Almadía, quien define a los autores incluidos en este libro como “La orden errante”, nos dice que “… cualquier que haya andado a la deriva por una ciudad, dejando que la locomoción bípeda estimule sus terminaciones nerviosas e irrigue de ensueños su horizonte, sabe que uno de los efectos del errabundeo es precisamente el de llevarnos a una suerte de trance ambulatorio, donde lo sensitivo se alía con la reflexión, donde la atención alerta no excluye las largas divagaciones metafísicas, gracia al cual el caminante no tarda en descubrir que no solo se ha alejado de los circuitos habituales, de las avenidas y barrios que solía recorrer, sino que también, bajo el impulso fisiológico de la marcha, pero también a causa de la disposición a encontrarse con lo que venga y enfilarse por cualquier sendero, hace ya tiempo que está fuera de sí, al menos fuera de ese yo práctico y unidimensional que sabe lo que busca y para el cual los pies son únicamente un instrumento, el medio por descontado para desplazarse”.

Perderse en sus cavilaciones mientras la ciudad y su vida, sus imágenes pasan ante nosotros. Caminar sin tener destino, sin buscar un destino, para encontrarse con la clave perdida, con la situación en la que el alma humana pueda ser desnudad con una sola palabra.

Ejercicio estético, así es como podríamos definir al arte del paseo; caminar para perderse, dirían algunos de los autores presente en esta libro. No hay que olvidar que tanto la práctica del arte del paseo en Inglaterra como la presencia del flanneur, figura central de la poesía francesa desde los tiempos de Baudelaire, ese poeta maldito que también creía fervientemente en las posibilidades estéticas de los paseos en un momento en donde las ciudades se convertían en las grandes metrópolis que hoy conocemos. Pero el paseo como una bella arte también raíces firmemente asentadas en el siglo XX y en sus vanguardias artísticas, como lo podemos ver en el concepto de deriva creado por los situacionistas franceses.

Así nos encontramos con una larga tradición literaria y artística que considera al paseo como un acto estético, que también podríamos considerar subversivo, pues al retraernos a la caminata, nos evadimos de las famosas prisas por tener que llegar a un lugar determinado. Al caminar podríamos decir que no tenemos ningún destino prefijado con anterioridad, que buscamos solo el perdernos en las calles de la gran urbe, aislándonos del ruido y del estrés, para convertirnos en seres animados por nuestros propios deseos. Caminamos para perdernos y al perdernos nos encontramos a nosotros mismos. Que mayor regalo podríamos hacernos en estos días en los que la contaminación provocada por nuestras prisas nos han convertirnos en rehenes de nuestras propias casas y oficinas, en prisioneros del smog y el aire contaminado provocado por ese enemigo de las urbes que es el automóvil.

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