‘El tiempo de Ayotzinapa’ de Carlos Beristain

El tiempo de Ayotzinapa.

Carlos Beristain.

Editorial Akal

Para muchos, analistas, periodistas, ciudadanos de a pie, la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa cometida (según las investigaciones oficiales) por policías municipales de la ciudad de Iguala en Guerrero, quienes entregaron a los estudiantes a un grupo de sicarios del cartel que dominaba la ciudad: Guerreros Unidos, fue un parte aguas en México que destapó el fondo profundo de la descomposición del país y despertó la conciencia dormida del país.

México es otro después de la noche del 26 de septiembre de 2014.

O eso quisiéramos pensar algunos, porque la verdad es que la memoria es corta en este país. Y el horror se sigue viviendo a diario, pero pareciera que los mexicanos simplemente nos acostumbramos a vivir en un país en donde la corrupción, la mentira, los desaparecidos, las fosas comunes con cientos de cuerpos, el secuestro, los asesinatos de ciudadanos, de defensores, de periodistas se acumulan. Y nosotros simplemente observamos en silencio, con miedo, con profundo pesar.

Las marchas multitudinarias de 2014, en donde ciudadanos de los más diversos orígenes salieron a exigir que se aclarara el crimen de Iguala, las marchas en donde miles de mexicanos gritaban “Fue el Estado” no se volvieron a repetir. Parece que la indignación duró unos cuantos meses y que a nadie le importa ya la suerte de los 43 estudiantes desaparecidos y entender que fue lo que pasó esa fatídica noche.

Porque lo único cierto que sabemos es que le versión oficial, la llamada “verdad histórica” es en realidad una gran mentira creada por las instancias oficiales que paradójicamente son las encargadas de investigar y esclarecer los hechos y buscar a los desaparecidos. Pero ya sabemos que nuestro país no es el que nos vende Televisa o Milenio o La Razón que han sostenido con uñas y dientes la gran mentira presentada por un gobierno que ha sido incapaz de determinar la razón de porque han desaparecido 31 mil personas en México en los últimos diez años, una cifra que la ONU acaba de definir como estremecedora.

Aunque esa definición deje impávidos a las personas que desde las agencias oficiales deberían explicarnos qué está pasando en nuestro país.

Sin embargo, esas respuestas las podemos encontrar, o mejor dicho, vislumbrar en varios de los libros que sobre el tema se han escrito. Y sin duda uno de las más importantes y esclarecedores es el presentado por el doctor y psicólogo de origen español Carlos Beristain, quien ha laborado como perito de evaluación médica y psicosocial para la Corte Interamericana de Derechos Humanos y como asesor sobre víctimas en diversos caso de la Corte Penal Internacional y fuera coordinador del informe “Guatemala: Nunca más” y asesor en comisiones de la verdad de Perú, Ecuador y Paraguay, quien nos cuenta en este libro el papel y la labor que desempeñaron los miembros del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes, quienes por petición de las familias de los estudiantes desaparecidos y a través de una acuerdo suscrito por el gobierno de México y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, investigaron el caso de manera independiente y desmontaron la mentira oficial (algo que el gobierno mexicano se niega a reconocer aún).

El Tiempo de Ayotzinapa es el tiempo de las víctimas, en palabras del Doctor Beristain. Es el tiempo de entender y escuchara los padres y a las madres de los estudiantes desaparecidos, comprender su dolor, un dolor que a los padres de Ayotzinapa los ha llevado a recorrer el país entero, viajar a Europa y a Estados Unidos, a tocar las puertas del gobierno mexicano, de la CIDH, de la OEA y de la ONU, pidiendo, exigiendo ayuda para encontrar a sus hijos. Pero la búsqueda de los padres de Ayotzinapa, nos dice Beristain, es la marcha de los cientos de víctimas que este país ha arrojado, los cientos de padres, madres, hermanos que buscan a sus familiares por todo el país, en una búsqueda desesperada que no acepta la negativa, una búsqueda que parece hacerse en silencio, en soledad, pero que en realidad ha convertido a las víctimas en la reserva moral de este país convulsionado y golpeado.

Beristain nos cuenta en su libro cómo se conformó el GIEI, sus primeros acercamientos con los padres (con la esperanza y con el dolor, podríamos decir) y sus primeros acercamientos con la autoridades mexicanas (con el cinismo, la hipocresía y la mentira por otro lado). Nos cuenta como a través de las autoridades de la PGR (Primero de Subprocuraduría que investiga el crimen organizado y después con las de Derechos Humanos), se encontraron de frente con el expediente del caso: Fragmentado en 12 averiguaciones previas que se encuentran en juzgados diseminados por toda la geografía nacional. Un caso que tiene más de 100 acusados por el “secuestro” de los jóvenes pero no por la desaparición forzada que implica una pena menor.

Acá un dato: En México no hay aún una ley sobre Desaparición forzada que es un delito que implica la participación de las fuerzas del Estado para desaparecer ciudadanos. La noche del 26 de septiembre había policías municipales, estatales, federales en Iguala y sabían de la presencia de los jóvenes y de sus objetivos. Además los miembros del GIEI se encontraron con la negativa del ejército para que se interrogarán a los miembros del Batallón 27 cuyas instalaciones están asentadas en esa ciudad de Guerrero y que sabían (porque ellos mismos lo dijeron) que esa noche se habían desatado distintas balaceras n contra de estudiantes y que no hicieron nada para detenerlo.

Para darnos una idea hay que decir que el operativo en contra de los estudiantes duró alrededor seis horas en un radio de acción de varios kilómetros (recordemos que el ataque contra el equipo de fútbol de Los Avispones se realizó varios kilómetros fuera de Iguala en la autopista hacia Chilpancingo), que incluyó armas de uso exclusivo del ejército, en una especie de operativo militar de pinza que trataba de impedir la salida de cualquier camión de Iguala. Todo esto dejó un saldo terrible de 43 estudiantes desaparecidos, 8 personas asesinadas (3 estudiantes de la Normal, entre ellos Julio Cesar Mondragón, cuyo cuerpo apareció al día siguiente con el rostro desollado a solo unos metros del C4, oficina de coordinación de las autoridades judiciales del estado, descubierto por militares), más de 40 heridos, más de 80 personas sufrieron atentados contra su vida esa noche y hay más de 700 personas, familiares de las víctimas, que sufren las consecuencias de ese hecho.

La herida sigue abierta.

Pero además, el Doctor Beristain documenta en su libro las acusaciones de tortura por parte de los jóvenes que han sido acusados por el gobierno federal de ser parte del equipo de sicarios que desapareció a los jóvenes estudiantes, además de documentar las acciones ilegales de Tomás Zerón, denunciado por el GIEI de actividades irregulares por realizar diligencias judiciales sin mandato expreso del MPF.

Hay que dar otro dato: Fue el GIEI el que encontró los vídeos que documentaban el quinto autobús que los estudiantes tomaron en la central camionera de Iguala. Un autobús del cual policías federales hicieron descender a los estudiantes, que se tuvieron que esconder en el monte y que después fueron atacados y perseguidos por policías municipales. Ese autobús fue después llevado a la central y esa misma noche enviado a Morelos, lejos de su ruta habitual, por carreteras poco transitadas. Ese autobús nunca fue resguardado, como sí no fuera prueba material de un crimen escalofriante.

El caso Ayotzinapa está sembrado de dudas, dilaciones, expedientes mal integrados, divididos y se basa en los señalamientos de seis presuntos sicarios que han señalado que fueron torturados, golpeados y amenazados antes de rendir su declaración. Declaraciones que, por otro lado, están llenas de incongruencias y contradicciones sobre lo que supuestamente paso con los estudiantes.

Todo esto nos da cuenta de que para el Estado mexicano el caso más importante de violaciones a los Derechos Humanos se puede resolver a través de las viejas prácticas ilegales. El problema para el Estado mexicano es que esta vez las víctimas no están solas y tanto el GIEI como la OEA y la ONU están muy pendientes de la forma en la que se están llevando las investigaciones.

Sin embargo hace apenas unos días los padres de Ayotzinapa reforzaron el plantón que tienen en la PGR porque en el último año, justo desde que el GIEI se tuvo que ir ante la presión de algunos medios de comunicación alineados con el poder y entregaron su segundo informe, la PGR no ha movido un dedo para que la investigación continúe en un claro intento de que la sociedad mexicana olvide y deje esa herida abierta.

La pregunta acá sería ¿La sociedad mexicana puede olvidar un crimen tan atroz y unos intentos tan burdos, tan chafas como los presentados por el procurador del “Ya me cansé” y del presidente del “Ya supérenlo”?

Mal haría la sociedad mexicana si Ayotzinapa cayera en el cajón del olvido.