‘High Hitler’ de Norman Ohler



High Hitler
Norman Ohler
Editorial Crítica

¿Se puede decir algo nuevo, algo que no sepamos de Hitler? El nazismo es quizás el régimen político más estudiado y documentado de la historia de la humanidad. Un régimen genocida, fanático, xenofóbico, racista, extremista, asesino, y el largo etcétera que ya todos conocemos. Sin embargo para el escritor y periodista Norman Ohler, había un elemento que no había sido tratado aún: sin . ¿Pudo el uso desmedido de algunas sustancias, como la pervitina, la heroína, cambiar el curso de la historia? El uso de estas sustancias por parte de varios dirigentes nazis está documentado, como en el caso de Herman Goering, quien era adicto a la morfina, pero ¿Podría el uso de estas sustancias pudo cambiar el juicio de estos dirigentes (de por sí un poco torcido) y cambiar así el curso de la guerra? Para Ohler es claro que sí, que el uso masivo de estas sustancias en la sociedad alemana obnubilo el juicio y la anestesio ante los graves excesos que sus dirigentes y sus tropas cometieron a lo largo de los años que duró la Segunda Guerra Mundial.

El periodista Norman Ohler encontró, después de varios años de investigación en archivos de los gobiernos de Estados Unidos y de Alemania, que la política del régimen nazi hacia las drogas era hipócrita, por decir lo menos, y que Hitler era un adicto a drogas duras. Alemania, la gran perdedora de la Primera Guerra Mundial, vivió en la época de entre guerras, en la época que fue conocida como República de Weimar, vivió una situación de crisis social, política y económica que mermó la moral de la sociedad. Esta situación generó una situación de liberalización de las costumbres sociales, que permitió que Berlín fuera una de las capitales europeas en donde se desarrolló la música de cabaret, mientras que el arte expresionista explotaba con toda su riqueza y matices. En este ambiente en donde la bohemia y la depresión se desarrollaba, el uso de las drogas duras, como la morfina, la heroína, la cocaína, estaban a la orden del día.

Hay que decir, además, que la legislación era muy laxa con respecto al consumo de estas sustancias, que en ese momento aún no se consideraban como drogas legalmente hablando, por lo que su consumo se consideraba legal, y literalmente se encontraban en cualquier farmacia. Por otro lado, eran justo los laboratorios farmacéuticos alemanes los que venían experimentando y desarrollando este tipo de sustancias. Alemania fue conocida en algún momento como el ‘laboratorio del mundo’. La cocaína producida por el laboratorio Merck fue considerado en esos años como la mejor del mundo.

Los nazis llegaron al poder de manera democrática, no hay que olvidarla. La gente votó por ellos, y Hitler, quien era vegetariano y abstemio, intento venderle a los alemanes la idea de la ‘pureza’. Una idea que como sabemos se basaba en la absurda idea de la raza, pero que iba más allá: Era un ideal basado en el trabajo y las virtudes que supuestamente tenía esa raza ‘aria’ superior al resto de la humanidad.

Sobre esta idea se basó la idea del ‘Reich’ que duraría mil años y conquistaría el mundo entero. Este Imperio se debería basar en el trabajo de todos los alemanes puros. Los que no lo fueran deberían ser ‘exterminados’, ‘aplastados como cucarachas’, como decía la publicidad nazi. Y los judíos y los drogadictos, así como los artistas, los negros, los homosexuales, los comunistas, quedaron en el blanco de estas campañas de destrucción. Pronto los primeros campos de concentración para estos enemigos del régimen.

Sin embargo el Estado nazi necesitaba hombres y mujeres capaces de trabajar largas jornadas para construir ese ‘Imperio’ al cual estaban predestinados. Y para ello los laboratorios alemanes se dieron a la tarea de encontrar una droga que permitiera los altos grados de exigencia de la sociedad alemana, pero que al mismo tiempo fuera legal. Los responsables de encontrarlo fueron los Laboratorios Temmler, quienes pusieron a disposición del público una ‘medicina’ llamada pervitina, a la que todo el mundo tenía acceso, desde doctores hasta amas de casa, pasando por empresarios, profesionistas, enfermeras y por supuesto, militares.

La pervitina era ni más ni menos que metanfetamina pura en forma de pastillas que se vendían sin receta en un primer momento. Sí, lo que producía Walter White en sus laboratorios clandestinos era lo que los laboratorios Temmler vendían de manera legal. Y fue un éxito, se vendieron millones de pastillas de esta droga que era considerada por las autoridades alemanas como ‘droga potenciadora del rendimiento’. Una droga que sería suministrada a las tropas durante la invasión de Polonia para probar el comportamiento de los soldados bajo esas condiciones.

Los experimentos fueran tan satisfactorios que la Wermatch decidió que la pervitina debería ser considerada como parte del kit de sobrevivencia básico de los soldados durante la invasión a Francia: Blitzkrieg, guerra relámpago en la que el ejército alemán conquistó más territorio en dieciséis que durante los 4 años que duró la Primer Guerra Mundial. Los soldados de infantería y los conductores de tanques y camiones surcaron el territorio francés, creando el caos y la destrucción tras el paso de su estela metafentamínica. El paso de los adictos a la crystal meth.

Sin embargo la meta crea adicción rápidamente y mientras se acumulaban años de guerra y de fracasos militares, el uso se hacía más y más extensivo de los soldados alemanes, que después tuvieron que pelear en las enormes estepas rusas en condiciones climatológicas brutales. Y ahí es donde el juicio del dictador no funcionó también.

Tal vez porque Hitler ya estaba resintiendo los estragos de su particular adicción: Ohler nos cuenta en el libro que Hitler desarrollo una relación simbiótica, como la que desarrolla el del yonkie con su dealler de cabecera, con su doctor de cabecera: Theo Morell, quien desde 1938 le suministraba todo tipo de inyecciones al llamado Fuhrer: vitaminas, bacterias, proteínas animales, hormonas, esteroides, glucosa. Sin embargo mientras más se aislaba Hitler del mundo y más se hundí en su megalomanía, más drogas empezaba a necesitar su organismo para funcionar. Como el de una estrella de rock en decadencia pues.

La diferencia es que en manos de Hitler estuvo el destino de millones de personas que perdieron la vida en batallas absurdas, en escaramuzas y estrategias militares que salieron de la mente de un adicto al Eukodal, una combinación de heroína y cocaína, un speedball, como dirían en Nueva York. Nada mal dirían algunos, pues las inyecciones le eran suministradas en la tranquilidad de su bunker subterráneo al que no alcanzaban las bombas, ni las balas, ni las imágenes terribles de una de las peores guerras de la humanidad.

La destrucción rodeaba a Hitler, quien además en sus sueños de loco intoxicado, mandaba a matar a millones de personas en los campos de concentración. Porque sí, porque podía y porque el resto de la gente que lo rodeaba estaba tan drogado como él. O más. Un estado totalitario y drogado. Eso es lo que nos dice Norman Ohler que fue el Estado nazi. Y que por primera vez en esa guerra los ejércitos apostaron por las drogas químicas como arma para ganar el conflicto.

Hay que decir que tanto los ingleses y los norteamericanos le suministraron a sus tropas bencedrina, un primo cercano de la pervitina. Y que el uso de las drogas se hizo una constante en los ejércitos de todo el mundo. Solo hay que recordar Vietnam y el uso masivo de LSD.

Sin embargo otra de las lecciones que se puede aprender de este libro es el uso político que se le pueden dar a las drogas. Las campañas mediáticas de la época en Estados Unidos criminalizaban el uso y el consumo de la marihuana, por ejemplo. Una droga mucho más suave que la metanfetamina. Pero el uso de esta por los soldados alemanes, por ejemplo, era necesaria para mantenerlos despiertos, alertas, capaces de recorrer cientos de kilómetros al día, pero al mismo tiempo sedados e insensibles, para cometer todas las brutalidades que se cometieron a lo largo de los años de guerra sin apenas cuestionar las ordenes que recibían.

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