Hija de Revolucionarios de Laurence Debray

¿Cómo entender el mundo que se divide entre la acomodada y sosegada vida de los abuelos y la desordenada y anárquica de unos padres entregados a la Revolución Comunista? ¿Cómo crear la distancia necesaria para crear la independencia de dos figuras esenciales del mundo de la militancia de izquierda? ¿Cómo crecer siendo hija de revolucionarios?

Laurence Debray es hija del escritor, periodista y político francés Regis Debray y de la militante de izquierda venezolana Elizabeth Burgos, y su segundo libro, Hija de Revolucionarios, es una toma de posición ante el pasado de sus padres y la visión del mundo que ellos tenían, un mundo que se dividía entre buenos y malos, comunistas y capitalistas, oprimidos y explotados. Una visión nacida en el seno de los movimientos sociales de la década de los cincuentas y sesentas del siglo pasado, cruzadas por las agresiones armadas de Estados Unidos a Vietnam, por el triunfo de la Revolución Cubana, que generaría una ola de entusiasmo revolucionario que se extendería por toda América Latina: Venezuela, Colombia, los países de Centroamérica, México. En todos ellos surgieron grupos guerrilleros, que inspirados en las figuras del Che y de Fidel, se echaron al monte, con la intención de destruir el orden burgués y transformarlo a partir de la vanguardia revolucionaria, el guerrillero, que tal como quería el Che Guevara, se enfrentaría a todas las penalidades para salir transformado y convertido en el “hombre nuevo”, que construiría también una nueva sociedad.

Ese mensaje caló hondo en millones de jóvenes de todo el mundo, provocando tumultuosas y violentas revueltas en los países del llamado Primero Mundo. El Mayo del 68 en Francia sería un ejemplo, la Primavera de Praga, ahogada en sangre por los tanques de la Unión Soviética, otro.

De ese mundo convulsionado, saldrían personas decididas a  convertir a la Revolución en un hecho mundial. Uno de ellos fue Regis Debray, quien abandono la tranquilidad y la comodidad de su vida parísina, para trasladarse a Cuba y conocer de primera mano la Revolución triunfante, justo después de escribir un texto que lo había posicionado como uno de los intelectuales de izquierda más importantes de Francia.

De esa visita a la isla, Debray conocería las comodidades que la Revolución le otorgaba a sus aliados internacionales. Pero también saldría con una misión  que lo marcaría de por vida: Alcanzar al Che en su aventura en Bolivia y servirle como enlace internacional.

Sin embargo, las cosas no salieron como el Che y Fidel hubieran deseado. Debray, de quien el Che desconfiaba es arrestado por el ejército boliviano, cuando intentaba salir del campo de batalla, junto al argentino Ciro Bustos.

Este será el punto de quiebre en la biografía de Debray. Y por lo tanto de su hija, que se enterará muchos años después de que su padre es considerado, por una parte de la izquierda mundial,  como un traidor y un delator. Es que hay muchos lugares oscuros en la biografía de Regis, nos dice su hija. Lugares a los que ella no ha podido acceder. Sus padres se niegan a contar todo lo sucedido, y es ella Laurence, la que tiene que investigar y entrevistar a otras personas, para conocer quien es realmente su padre.

Debray paso cuatro años después de su arresto en un cárcel militar boliviana enclavada en un pequeño pueblo. Hasta allá viaja su esposa, Elizabeth, con quien se casará en esa pequeña prisión, y los enviados diplomáticos franceses, que ejercen una fuerte presión internacional, que al final logrará que el preso no cumpla con los treinta años de su condena.

Pero para Laurence este pasaje de la vida de sus padres nunca ha quedado claro. No sabe exactamente cómo sobrevivió su padre a los cuatro años de encierro, cómo sobrevivió al escarnio y a la meledicencia de una parte de la izquierda internacional que lo señalaba como culpable de la caída del Che Guevara. Pero este es solo uno de los muchos elementos de tensión y oscuridad en la relación entre Laurence y sus padres, con quienes, se puede decir, nunca tuvo una relación cercana. Los padres militantes siempre estaban pensando en una verdad política que los superaba. La relación estrecha entre Regis Debray y Francois Miterrand, le permitiría ocupar cargos dentro del gabinete del político socialista durante la década de los ochentas y en la casa de Laurence era común encontrarse con distinguidos visitantes, como Jane Fonda o el escritor español Jorge Semprún o al mismo Miterrand, que cenaba en su casa una vez por semana.

Pero pareciera que a los ojos de sus padres todo fuera sospechoso de formar parte del mundo capitalista: Cualquier gusto, cualquier idea, cualquier juguete, cualquier antojo, tenían que pasar por la visión de una posición crítica política. Lo cual debe ser desgastante, para cualquiera, pero mucho más para una hija.

El libro de Laurence se detiene en el tema de Bolivia, a pesar de que ella nacería varios años después. Pero este momento es determinante, ya que como ella bien menciona, su nacimiento fue parte de un proyecto, de una idea. No fue una casualidad. Sin embargo, sus padres estaban decididos a trabajar para cambiar al mundo, por lo que no podían dedicarle demasiado tiempo a la educación de su única hija, quien en realidad pasaba más tiempo con sus abuelos paternos, en un amplio departamento parisino, en el que gozaba de una vida de alta burguesía, que la llevaba a disfrutar de los espectáculos más importantes de la noche, junto a su abuela, que durante años se había dedicado a trabajar para rescatar el patrimonio cultural de París, mientras su esposo se dedicaba a las altas finanzas.

Ese estilo de vida tranquilo, aburguesado desde la óptica de la izquierda, chocaba constantemente con el caótico ritmo de vida que Laurence llevaba al lado de sus padres, quienes se la pasaban en juntas y además tenían siempre una actitud severa, frugal,  que se combinaba la mayor parte del tiempo con una especie de altitud moral, que miraba con cierto desprecio a todos los demás.

Pero hay que decirlo, Laurence prefiere una vida más tranquila. De hecho, cuando en unas vacaciones de verano, que divide entre un campamento en Cuba, en donde la dejan sin un solo peso, y en la que será atacada por los bichos y los mosquitos de la playa caribeña, en la que divide su tiempo entre consignas revolucionarias y clases para aprender a disparar y desarmar un arma, y que terminará en Los Ángeles divirtiéndose con jóvenes de su edad y tomando coca-colas y hamburguesas en exceso. A su regreso su padre le preguntaría si ya había tomado una decisión sobre su vida (a un niña que solo tenía diez años): Capitalismo o comunismo. “Pero yo opté por la vieja Europa, moderada y confortable: se come bien, se lee bien, se duerme bien. Desde mis once años no tenía intención de meterme en política para defender un modelo o su antítesis; quería establecer lazos con lugares, saborear un arte de vivir y disfrutar de una familia, aunque fuera defectuosa.” Nos dirá Laurence.

Hija de Revolucionarios puede ser considerado como una toma de posición frente a sus padres. Algo que al final de cuentas todos los hijos hemos hecho. Pero también podríamos decir que el libro de Laurence Debray también es la toma de posición de una generación frente a otra, una crítica frontal a la generación de Mayo del 68, de las guerras de guerrilla del Tercer Mundo, de los intentos de transformación generados a partir de la idea radical de la lucha armada. Una crítica muy presente en la literatura francesa de los últimos años. Podríamos pensar por ejemplo, en Muchel Houllebecq como uno de los autores que en su obra, toca este tema sobre el fracaso de las utopías de los sesentas y setentas, como uno de sus elementos centrales. Pero también podríamos decir, que al comparar la tranquilidad de la vida que Laurence pregona como una de las máximas de su vida, podemos entrever el giro hacia la derecha política ha tenido en Europa (y el mundo en general) en los últimos años. Un giro que se ha radicalizado con el advenimiento de las políticas xenófobas que han terminado por culpabilizar a los migrantes (por ejemplo) del fracaso económico de los países de la Unión. Al final Laurence no ve heroísmo en las labores de sus padres, no los observa como “los luchadores sociales” ni comparte su fascinación por personajes como Fidel o el Che, a los que ella solo los ve cómo simples dictadores latinoamericanos. Y tal vez tenga razón, pero no deja de ser interesante observar como lo que para algunos eran los ideales de transformación, para otras generaciones (tal vez mucho más cómodas, tal vez mucho más realistas, tal vez más egoístas) solo las ven como los ideales trasnochados de jóvenes que perdieron el rumbo y que terminaron entregándose y rindiéndose a líderes carismáticos que devinieron en dictadores sanguinarios.

Al final, Hija de Revolucionarios es un libro que nos deja varias preguntas rondando en la cabeza: ¿Qué nos hace diferentes a nuestros padres? ¿Cómo librarnos de los fantasmas que los aquejan? ¿Librarnos de su memoria para construir a nuestra individualidad? Muchas preguntas que se quedan rondando en la cabeza, sin duda.

Categorías

Libros