‘La guerra no tiene rostro de mujer’ de Svetlana Alexiévich


La guerra no tiene rostro de mujer.

Svetlana Alexiévich

Editorial Debate

Casi un millón de mujeres combatieron en las filas del ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial. Pero esta historia nunca ha sido contada. De hecho, muchas de estas mujeres callaron su participación en este conflicto bélico para no ‘avergonzar’ a sus familias o a sus esposos. Es por esta razón que el libro La guerra no tiene rostro de mujer de la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich rompe con una enorme cantidad de tabúes y mitos, sobre la participación de las mujeres soviéticas en la línea de batalla contra las potencias del eje.

Svetlana Alexiévich es una afamada periodista bielorrusa, que se ha destacado por reconstruir la historia de su país a partir de las voces de los ciudadanos comunes. Su obra se ha caracterizado por ser una obra coral, en donde las múltiples voces de sus entrevistados se enhebran de tal forma que terminan por confundirse, por retroalimentarse y por convertirse en una sola voz. En sus libros, su voz, la vez del periodista, es la única que no se escucha, que no se ve. Alexiévich logra construir así una obra poderosa, disímbola, en donde lo que importa es perdernos en un flujo narrativo, en donde todos, todas, son los protagonistas de la historia. Claro, en los libros de Alexiévich se busca que ese “todos/todas” sean las personas del pueblo llano, esos que construyen la historia día a día, que la sufren, pero que también la reconstruyen paso a paso con sus propias manos. La labor periodística de Alexiévich busca entonces darle voz a los que no la han tenido. Y sus libros logran desmontar además las narrativas oficiales sobre ciertos hechos y sobre ciertos momentos históricos. Su espíritu crítico, su compromiso con los que sufren, han sido reconocidos con innumerables galardones, entre los que destaca por supuesto el Premio Nobel de Literatura en el 2015, el Premio Ryszard Kapuscinski de Polonia en 1996, el Premio Herder de Austria en 1999 y el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes en el 2013, solo por mencionar a algunos de los premios más importantes que ha recibido la autora de libros como Voces de Chernobyl, uno de sus libros más aclamados por la crítica.

La escritora, quien es una dura crítica de las políticas implementadas por el presidente ruso Vladimir Putin, ha trabajado desde hace años, con una paciencia de orfebre, con el fin de reconstruir a partir de la voz de los testigos, de una parte de la historia de la desaparecida Unión Soviética. Una paciencia que la lleva a trabajar durante años buscando a los testigos de los hechos, a platicar con ellos, a ganarse su confianza, a entrevistarlos varias veces para generar una historia coral, una historia contada a través de múltiples voces que se confunden, voces que no se distinguen una de otra, que nos recuerdan que la historia la hacen estos seres humanos de carne y hueso, cuyos nombres no pasan a la posteridad, no son conocidos, no se imprimen en los libros de historia. Voces, nombres, manos, cuerpos, miradas, dudas, sueños. De eso está la historia. Algo que en muchas ocasiones se nos olvidan, porque el ser humano quiere quedarse casi siempre con los relatos históricos, esos grandes relatos fundacionales, que parecen darle un sentido a todo el dolor que se vivió.

Alexiévich prefiere ahondar, hurgar, conocer que hay detrás de esos grandes relatos. La periodista prefiere desmontarlos lentamente, con paciencia, a través de los relatos, de las voces de las personas, de los seres humanos que estuvieron ahí, que vivieron los hechos.

En La guerra no tiene rostro de mujer, la periodista busco las voces de cientos de mujeres que prestaron servicio militar durante la Segunda Guerra, que formaron parte del victorioso Ejército Rojo, que pelearon hombro con hombro con cientos de hombres, para derrotar al ejército invasor, al ejército nazi que había cruzo la frontera con Polonia en 1941 con su maquinaria de guerra, que aplastaba todo a su paso. El llamado de las autoridades soviéticas para que la población participará en la resistencia fue un llamada desesperado, al que cientos de personas, hombres y mujeres por igual, respondieron.

Alexiévich nos dice en la introducción de este libro, que se le como su de una novela se tratará, que “La aldea de mi infancia era femenina. De mujeres. No recuerdo voces masculinas. Lo tengo muy presente: la guerra la relatan las mujeres. Lloran. Su canto es como el llanto.”

Sin embargo los miles de libros que en la Unión Soviética se escribieron sobre la “Gran Guerra”, la “Gran Victoria” en contra de los invasores nunca hablaban de los cientos de mujeres que participaron en esas batallas. Por eso la periodista se dio a la tarea de reconstruir la participación de las mujeres. Y se encontró con que “La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no hay héroes no hazañas increíbles, tan solo hay seres humanos involucrados en una tarea inhumana. En esta guerra no solo sufren las personas sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros. Y sufren en silencio, lo cual es aún más terrible.” Nos dice la voz de la periodista (aquí iba a decir la voz de la poeta, porque de repente eso es lo que parece Alexiévich), en una muy corta introducción a su libro, en la que nos cuenta las razones por las cuáles escribió este libro: darle voz a las mujeres, claro, pero también darle voz a sus recuerdos, recuperar esa otra guerra, esa en donde las mujeres sí estuvieron, sí fueron parte, lucharon, se desvelaron , caminaron largas, enormes jornadas, dispararon cañones, manejaron tanques de guerra, patearon cuerpos de alemanes, se desesperaron por las pulgas y las chinches que atacaron sus cuerpos, sus uniformes, esa guerra en la que ellas dispararon maquinas enormes en contra de los cuerpos de otros hombres, de otros seres humanos que estaban del otro lado de las líneas enemigas.

Porque las mujeres fueron soldados raros, muchas veces antes de cumplir los dieciocho años, soldados que se escaparon de sus casas, porque sus padres no querían dejarlas ir al frente a pelear, a sacrificarse por su amado país. Fueron maquinistas, fueron tanquistas, fueron exploradores, fueron francotiradores, manejaron aviones, trenes, camiones, dispararon morteros, ametralladoras, fúsiles. Estuvieron en cada una de las labores del ejército rojo, se perdieron en las noches de oscuridad perenne, lloraron, se enamoraron en el frente y estuvieron ahí, en Berlín, el día que la bandera de la hoz y el martillo ondeo en el Reichstag.

Ellas estuvieron ahí, paladeando el miedo, la tristeza, el cansancio, las ganas de vencer. Ellas recibieron menciones, premios, balazos. Fueron sargentos, tuvieron mando sobre la tropa. Vieron morir a sus mejores amigas, las vieron desangrarse, las vieron ser golpeadas por las fuerzas nazis. Ellas estuvieron ahí, fueron parte de la historia y la narrativa oficial, la narrativa de la victoria, la narrativa de los años posteriores las borró de las páginas. Ellas estuvieron ahí y cuando regresaron a sus casas, a lo que quedaba de sus pueblos, buscando a sus familias, a sus padres, a sus hermanos, a sus hermanas, se encontraron con el silencio y la vergüenza. Sí, porque esos mismos hermanos, hermanas, compañeros, por los que habían peleado, se sentían avergonzados de lo que “podrían” haber hecho sus hermanas en el frente, se avergonzaban de la posibilidad y no de los hechos. Y entonces un manto de silencio cubrió a las mujeres que habían peleado en el frente. Era mejor no saber, no contar, no indagar.

Lo que quedo fue el recuerdo, callado, borrado, de las cientos de mujeres que sabían lo que habían hecho durante la guerra. Los recuerdos que Alexiévich retoma, reconstruye pacientemente, para tirar un mito más de la era soviética: las mujeres participaron, pelearon, ganaron. Las mujeres también son parte del triunfo, de la “Gran Victoria”. De ellas también es la gloria militar. De ellas también es la grandeza del ejército rojo.

Por supuesto, desmontar los mitos nunca ha sido fácil, y menos cuando el mito está construido sobre la victoria militar, sobre el papel del ejército en un país tan orgulloso y tan necesitado de victorias. Pero lo cierto es que la pluma, el trabajo paciente de Alexiévich reconstruye el papel de las mujeres en la Segunda Guerra Mundial y lo saca de las sombras. Podemos ver a estas mujeres gracias al libro de la periodista, podemos verlas, conocerlas, sentirlas, llorar con ellas, recordar con ellas.