‘La niña Frida’ de David Martín del Campo

La niña Frida

David Martín del Campo

Editorial Tusquets

Antonio Negrín, adolescente de trece años, se disparará en frente de sus compañeros de clase en una secundaria privada de la ciudad de Orizaba, en Veracruz. Su madre, Alejandra Llure, decidirá contratar los servicios del detective Max Retana, para investigar las razones de este suicidio juvenil.

Ese será el inicio de la más reciente novela del escritor mexicano David Martin del Campo (Cd. De México, 1952), uno de los autores más prolíficos de las letras mexicanas contemporáneas, con más de veinte novelas publicadas, que abarcan los más variados temas y situaciones de este México, también ha sido galardonado con los Premios Mazatlán de Literatura 2002 por su novela ‘Las siete heridas del mar’, con el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero 1986 por ‘Isla de lobos‘. También ha colaborado para periódicos como Unomásuno, La Jornada, Reforma y fue corresponsal en Madrid durante varios años. Una obra vasta, como podemos ver, cuya sapiencia literaria se puede ver resumida en una obra del género negro o policiaca, como lo es la novela que nos ocupa en esta ocasión, La niña Frida, en la que se desarrollarán diferente escenarios, misterios e historias, que se irán desarrollando de manera paralela a la historia del suicidio del joven Negrín, como le llaman en la escuela religiosa en donde el niño estudiaba,

El personaje central, por supuesto, será el investigador privado Max Retana, un ex militar, ex miembro del tristemente célebre Batallón Olimpia. Pero además de participar en los hechos del 2 de octubre del 68, Retana también fue miembro activo de las represiones estudiantiles que el régimen del PRI llevo a cabo en los años posteriores. Por esa razón renunció al ejército, ‘cansado’ de esos hechos, e inicio su carrera como detective privado.

Un detective típico, podríamos decir, porque en ese sentido Martín del Campo fue respetuoso de las imágenes que todos tenemos del investigador privado creado por los grandes maestros de la literatura, como Hammett, Chandler, Mankell, entre varios más. Retana es un tipo oscuro, vencido por el peso del pasado, descreído, derrotado, alcohólico, con una vida familiar disfuncional. Porque tal vez solo personajes como éstos, como Retana, pueden entrar a las cloacas de la sociedad sin espantarse, sin mostrar asombro, porque conocen los peores secretos que esconde el alma humana. Es así como, mientras Retana investiga el suicidio en Orizaba se da tiempo para vigilar a los periodistas del principal diario de oposición mexicano: Excélsior. Vigila a los periodistas, a los editores de este periódico que s e ha vuelto en el principal dolor de cabeza del presidente Echeverría y de su gabinete, al sacar poco a poco todos los trapos al sol de la corrupción endémica de ese régimen que se presentaba ante la opinión pública como tolerante ante la crítica, progresista, tratando de esconder sus acerados y filosos dientes.

Retana trabaja así para una joven madre que no entiendo porque su hijo mayor se suicidó, y porque su hija menor tiene extraños episodios de éxtasis en las que se convierte y habla como la mismísima Frida Kahlo. Esa niña, la joven hija del matrimonio Negrín-Llure puede ser la clave para entender lo que llevo a su hermano a tomar el arma de su padre, regalar sus juguetes a sus amigos del salón y dispararse. Pero ese drama familiar solo es parte de una gran farsa nacional. En medio de esa tragedia también nos encontraremos con la construcción de un mercado de arte nacional, en donde por supuesto, la figura trágica de Frida Kahlo se está convirtiendo en esa década de los setenta, en donde está ambientada la novela, en la figura más comercial, una figura que generaría un mercado con una cantidad ingente de productos y objetos que utilizan a la figura de la pintora, para venderse.

¿Qué diría de esto la misma Frida Kahlo, una militante comunista convencida? Parece preguntarse el autor de la novela, o el investigador Retana, mientras va desvelando los misterios de la familia Negrín-Llure, que van más allá del suicidio de su joven hijo, porque se extienden hacia la corrupción política y hacia el robo de arte. Porque la novela de David Martin del Campo nos lleva de la mano también hacia ese laberinto críptico que es, desde hace muchos años, el robo de arte sacro, de arte prehispánico mexicano: Piezas que desaparecen de iglesias, de museos de provincia, de las calles de las ciudades mexicanas, y que reaparecen (cuando lo hacen) mágicamente en los palacetes de nuestros funcionarios, en casonas oscuras y siniestras de Las Lomas de Chapultepec, del Pedregal, de Coyoacán. Porque sí algo tiene nuestra clase política mexicana es buen gusto. Aunque sea robado. No importa.

Retana entrará así a un mundo en donde los intereses ocultos se relacionas, un mundo en donde el robo de arte, la corrupción, el control político, la represión política a los disidentes y a los periodistas incomodos, los secretos, lo que no se debe decir en voz alta, se relacionan generando una madeja que puede atrapar y desaparecer a cualquiera. Retana tiene suerte, conoce las frías cloacas del sistema y sabe hasta dónde debe llegar, hasta dónde debe preguntar. Y sabe que hay líneas que no se deben de cruzar. Ni siquiera para ayudar a una joven esposa que no entiende qué sucede en su casa, aunque sí disfruta de los beneficios de formar parte, de pertenecer a una clase política que vive a cuerpo de rey, gracias al control que ha desarrollado a lo largo del siglo XX.

La niña Frida es así un fresco (por utilizar una metáfora) de los grandes problemas mexicanos: la corrupción, el cinismo político, la violencia que la clase política utiliza para mantenerse en el poder, situado en un momento determinante para poder entender los claroscuros de nuestra contemporaneidad, de nuestra famosa y fallida transición hacia una democracia real. Un libro que se lee sin detenerse, sin respirar, fue lo que produjo la pluma de David Martín del Campo publicada por la Editorial Tusquets, una novela negra que se lee como un gran mural de un país que no logra salir del atolladero histórico en el que una clase política ciega y profundamente cínica, nos metió. El final de la novela nos llevará hasta la oprobiosa devaluación provocada por un presidente como Luis Echeverría, ejemplo de varios presidentes posteriores, que en su megalomanía pretenden acallar, silenciar las voces críticas, para decirnos que todo está bien, que toda va bien, a pesar de que la necia realidad siempre termine por imponerse.