‘Los últimos hijos’ de Antonio Ramos Revillas

Los últimos hijos

Antonio Ramos Revillas

Editorial Almadía

Soledad, esa es la primera palabra que me viene a la mente cuando intentó definir la más reciente novela del escritor mexicano Antonio Ramos Revillas (Monterrey, 1977). Soledad, necesidad de encajar una sociedad acompañada de la presión social que empuja para que todos encajemos, para que todos tengamos los mismos anhelos, las mismas necesidades.

Los últimos hijos es una novela que rastrea en sentimientos tan confusos como la culpa, el miedo, el anhelo por ser padres, la venganza, la vergüenza. Todos estos sentimientos van surgiendo poco a poco a medida que la historia nos va desvelando una historia en donde el protagonista primero es víctima y después se convierte en victimario. Los últimos hijos sería así una novela que indaga, que profundiza en la desesperanza contemporánea, una novela que gira en torno a la visión de un hombre que ha perdido todo y que no encuentra las respuestas adecuadas para darle un sentido a su vida. Un hombre que parece girar en torno a la sensación de estar inconcluso, inacabado.

Alberto, el personaje principal, está casado y tiene lo que podríamos considerar una buena vida: vive en una casa en un fraccionamiento cerrado, auto en la puerta, un trabajo estable, comparte su vida con su esposa quien también tiene un trabajo que podríamos considerar estable. Sin ser ricos o herederos de nada han logrado cumplir los pequeños sueños de la burguesía mexicana. Sin embargo algo se rompe cuando quedan embarazados pero pierden al hijo que estaban esperando. Algo se rompe en ellos y en su relación. La culpa tal vez. La idea de que ese hijo, de que ese bebé vendría a cerrar el círculo de la felicidad. Tal vez. Lo cierto es que esa pérdida marcará el destino de esta pareja, que en primer inicio volcará ese amor paterno hacia su gato. Un amor extraño, completo, total, que humanizará al animal pero que sin embargo no les será suficientes a ellos, por lo que decidirán comprar un bebe robot, un reborn, un pequeño bebe mecánico que la pareja ‘adopta’ con la intención de sustituir al pequeño hijo que no lograron tener.

Sustitución y necesidad es lo que lleva a esta pareja en particular a decidirse a ser padres adoptivos de una máquina, que no siente, pero que actúa igual que como lo haría un niño de verdad: piel casi humana, ojos que los padres elegir al igual que el tono del cabello. Bebés- máquinas con un funcionamiento complicado que los padres tienen que comprar en algún país de Europa. Sustitución de afectos que nos dejan ver en la profundidad de estas dos almas desoladas. Convertimos algo inanimado en el centro de nuestras vidas, un objeto, una máquina que parece ser, que se comporta como, pero que no es una persona. Ni lo será. Siempre será un bebe, reborn, algo que es y que no es y que parece llenar las horas, los días, la felicidad.

Esta idea manejada por Ramos Revillas nos remite a la pregunta de ¿cuántos de nosotros llenamos nuestra vida con objetos inanimados, máquinas, tiempos perdidos en la realidad ficticia de las redes sociales, esas que crean realidades alternas para sentirnos menos solos? Construimos vidas irreales a partir de objetos que no tienen vida. Así Alberto y su esposa. Así, millones de seres humanos a los que el sistema nos ha empujado, nos ha condenado a la soledad. Una soledad que en ocasiones ni el matrimonio, ni el estar en pareja, se acaba.

Lo que vemos entonces en la novela de Ramos Revillas son las promesas que el mundo contemporáneo nos ha heredado: promesas de futuro, promesas de felicidad, promesas para acabar la soledad. Imágenes falsas que ni un gato ni un reborn y tal vez ni siquiera el matrimonio logren terminar por construir. Vivimos en un mundo de promesas vacías, de imágenes huecas. Pero hacia ellas es a las que dirigimos nuestros mejores y más profundos deseos. Nuestras ansias, nuestras energías. Queremos ser mejores y nos aferramos a la imagen vacía para que nos diga algo, nos convenza de que no estamos condenados a la soledad.

Sin embargo la vida, la vida real, puede golpearnos de maneras muy brutales. Y en el caso de los personajes de Los últimos hijos toda su tranquilidad, toda su vida perfectamente ordenada será golpeada por un robo a su casa. Un robo que destruirá el equilibrio y que los dejará de frente con la soledad que han terminado por construir. Una soledad que los llenará de una sed ciega de venganza. Una sed que se saciará (o eso es lo que ellos creen) sobre el cuerpo de la pequeña hija de los ladrones, de esos tipos que se metieron y se cagaron (literalmente) en la sala de su casa. Esos ladrones que violaron su intimidad y que se burlaron, al mandarles un video, de cómo entraron hasta el cuarto de su pequeño reborn para no hacerle nada. Un gesto amenazante y complaciente por parte de estos ladrones que merece ser tratado con toda la violencia ciega. El robo fue un golpe duro y bajo, pero que de alguna manera hace que los protagonistas despierten del duelo en el que habían estado vegetando tras la pérdida de su bebe.

Y ahí es en donde empieza la segunda parte de esta novela. Una parte en donde la violencia y el sentimiento de venganza nos llevan a trasladarnos hasta una zona perdida de Monterrey, esa en donde viven y se esconden la banda que ha entrado a robar a la casa de Alberto e Irene, esa banda conformada por padre, hijo, hija y yerno. Esa banda que tiene algo que los protagonistas de la novela no tienen: Un bebé. Una niña que deciden robar para llevársela a otra parte del país, tal vez con la loca idea de empezar de nuevo y recuperar lo pasado. Tal vez con la loca idea de que esa bebe los redimiría, los convertiría en las personas que no son, que no han podido ser. Un robo que ellos retocarán de las maneras más románticas o realistas posibles, pero que no deja de ser eso: el robo de una niña.

Alberto y su esposa Irene tendrán que huir de esa casa mancillada a la que no regresan desde el robo, esa casa que ya no sienten como suya, y se trasladarán hasta un pueblo en el desierto en donde vive la antigua nana de Irene. Un pueblo de carretera en donde solo viven unas cuantas mujeres y muchos niños porque los hombres se han ido a trabajar a Monterrey o más al norte.

Ahí, la pareja tratará de reconstruir su vida, su amor, su pasado. Pero la vida es cruel en ocasiones. Y más con las personas que no han logrado ver más allá de sus deseos y de sus sueños más superficiales.

Los últimos hijos es una novela crítica con los asuntos de la paternidad y los deberes sociales, una novela que reconstruye un mundo de seres inacabados, superficiales, crueles, vengativos, pero sobre todo, terriblemente solos. Personajes en los que confluyen lo mejor y lo peor de los seres humanos. Personajes capaces de anhelar, de soñar con tener un hijo para darle lo mejor y al mismo tiempo de robarle su hija a otra persona con tal de castigarla, de humillarla. Los últimos hijos es así una novela sobre el alma humana, pero también es una novela que indaga en la sordidez de este mundo contemporáneo que parece decirnos que nos merecemos todo: ser padres o robar la casa del vecino. Todo está a nuestro alcance. Aunque pareciera que en realidad nada nos satisface. Novela sobre la soledad, el miedo, la venganza, pero también sobre la paternidad, la ausencia, el dolor de esta vida de apariencias.

Antonio Ramos Revillas, quien es autor también de la novela ‘El cantante de muertos‘, publicada por la editorial oaxaqueña Almadía, nos regala una novela reflexiva, dolorosa, pero sobre todo, profundamente moral y humana.

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