‘Nahui versus Atl’ de Alain-Paul Mallard


La Ciudad de México fue durante las décadas de 1920 y 1930 uno de los epicentros culturales y políticos del mundo contemporáneo. Alrededor del movimiento del Muralismo Mexicano encabezado por Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco, se agruparon artistas de distintos disciplinas y nacionalidades, que encontraron en ese México recién salido de la Revolución un espacio abierto, tolerante y ávido de aprender, de conocer, de explotar todas las posibilidades culturales, que ese México nuevo que emergía fortalecido, podía ofrecer a un mundo, que vivía convulso en el periodo de entre guerras, un mundo en donde los nacionalismos políticos se radicalizaban y en donde la utopía se disputaba a sangre y fuego entre las grandes potencias coloniales y la recién nacida Unión Soviética, que impulsaba la Revolución al mundo occidental, por un lado, y por otro la Alemania vencida en la Primera Gran Guerra, que sin embargo se aprestaba a desarrollar una fuerza bélica terrible y temible. La Alemania nazi se preparaba para develarle al mundo los peores horrores de los que el mundo civilizado haya sido testigo hasta ese momento.

Sin embargo, México, era para los extranjeros y para los artistas una especie de oasis de paz en medio de toda esa violencia, que palpitaba ahí, oscura y acechante. La Ciudad de México fue un lugar que les permitió desarrollar su creatividad, en un ambiente en donde la tradición, el misticismo y la modernidad confluían para permitirles confundirse con sus pares mexicanos, con esos artistas nacidos en los albores del siglo XIX y los inicios del siglo XX, que con su presencia y con sus obras pondrían a México en el mapa de la cultura mundial en el siglo XX: la historia de la pintura contemporánea, de la fotografía, de las artes plásticas en el siglo pasado no estaría completa sino tuviera un capítulo a los artistas mexicanos y a los extranjeros que hicieron su hogar en México.

Entre esos artistas mexicanos sin duda destaca el Dr. Atl, Gerardo Murillo, por sus monumentales cuadros que retratan al valle de México y a sus dos grandes musas, el Popocatépetl y su pareja eterna, el Iztacihuatl. Seguramente hemos visto más de una vez esos enormes cuadros, de facturación clásica, que retratan el hermoso valle de Anáhuac (la región más transparente del mundo, como la definió Alfonso Reyes) pintados por el Dr. Atl. Pero pocos sabemos sobre la intensa y vagabunda vida que llevó este hombre que renunció a su nombre castizo para tomar, para apropiarse de la palabra náhuatl “agua”. “El Doctor agua” es cómo podríamos llamar a este hombre que vivió montado entre dos siglos, que trabajó la pintura en los términos neo-clásicos, conservadores, pero que al mismo tiempo fue un gran admirador de las culturas prehispánicas, un aventurero que conoció como pocos los caminos de los grandes volcanes y también de la mística y de la vocación espiritual de estas culturas que intentó sacar del ostracismo y traerla de nueva cuenta a la vida contemporánea, tomándola así como parte esencial de su filosofía personal de vida, que Atl construyó a partir de la idea de la libertad personal, de la cercanía del ser con el cosmos, del alejamiento del ser de las construcciones sociales para buscar la libertad plena.

Fue así, en esa búsqueda personal y política que Atl terminó enfrentándose a muchas personas que lo consideraban un provocador social. Pero fue así también como conoció a la joven y muy bella pintora mexicana Carmen Mondragón, que pasaría a la eternidad con el nombre de Nahui Ollin (perpetuo movimiento en náhuatl). Bautizad así por el Dr. Atl una vez que se conocieron y ella se fue a vivir al cuarto de azotea que el Doctor ocupaba en el antiguo monasterio de La Merced, adonde éste se había ido a refugiar ante su mala situación económica.

Lugar, espacio en el que los dos escandalizarían a la conservadora y mojigata sociedad de la gran capital, ya que empezaron a vivir juntos, a trabajar juntos y a demostrarse efusivamente su amor, sin tener en cuenta ni un poco los rancios y anquilosados valores morales de esa sociedad que salía de los treinta años de la Dictadura de Porfirio Díaz, en donde el padre de Carmen/Nahui había sido militar de alta graduación, acusado de formar parte del golpe de estado en contra del Presidente Madero, por lo que había sido designado como traidor a la patria, golpe del que Nahui nunca se había podido recuperar.

Nahui Ollin fue pintora y escritora, una beldad rebelde que unió su vida al Dr. Atl y que escandalizaba a la sociedad por esta relación junto a un hombre mucho mayor que ella, del que estaba locamente enamorada, que escandalizaba a las vecinas del monasterio de La Merced por tomar el sol, trabajar y jugar en la azotea completamente desnuda. Mujer fuerte, aguerrida, considerada como una de las primeras artistas feministas mexicanas, mujer que hablaba fuerte y que dejaba oír su opinión sobre el derecho del voto de las mujeres, sobre la igualdad jurídica de las mujeres, el acceso de las mujeres a puestos laborales, el acceso a la educación de las mujeres, fue ella que pinto autorretratos que nos dejan ver a una mujer profundamente insumisa, libre de ataduras, que buscaba a través el arte darle voz, cuerpo, a esa rebeldía, a esa libertad.

Amiga de pintores y fotógrafos, amiga de Rivera le sirvió como modelo de “Erato”, la musa de la poesía erótica que aparece en “La creación” mural de Rivera ubicado en la Secretaría de Educación Pública. Una mujer que vivía la vida apasionadamente y que fue la musa, la compañera, del Dr. Atl durante cinco años, tal vez los cinco años más intensos creativamente y políticamente de Nahui Ollin, años fueron piedra de toque para que el escritor, fotógrafo, cineasta mexicano Alain-Paul Mallard (Cd. de México, 1970) creará la hermosa e intensa novela Nahui versus Atl, publicada por la Editorial Turner en su colección “El cuarto de las maravillas”. Mallard, autor de la novela “Evocación de Matías Sttimberg” retomo un antiguo guión para presentarnos la pasión telúrica de Atl y Nahui.

Una novela que indaga en la volcánica relación entablada por esos dos artistas, que buscaban indagar en la profundidad de su ser para explotar, para generar versos y trazos que descompusieran y crearán mundos nuevos, mundos en los que la libertad, el arte, el amor, fueran el centro de sus vidas. Dos artistas revolucionarios, explosivos, incandescentes, insatisfechos, que lograron crear una estela de luz que cambiaría el arte mexicano, pero que no lograron sobrevivir a su propio amor, a su propio deseo. Artistas furiosos, inmersos en una misión que los transformaba íntimamente, que los convertía en otros, pero que buscaban algo más, una transformación social y cultural, que se encontraba más lejos de lo que ellos hubieran deseado.

La novela de Mallard, construida a partir de las frases medidas, cortas, es una oda a la potencia creadora y al mismo tiempo destructivo del amor. La obra de Mallard nos da cuenta de esos cinco años que los dos artistas estuvieron juntos creado, trabajando, experimentando, jugando, amándose con todo el ardor, con todo el deseo que dos personas libres son capaces de sentir y de dar. Mallard nos deja entrar así a una historia de creación, una historia en donde el fuego, la pasión, son el entramado para la creación artística. Pero también son el entramado para la destrucción de una relación que se sostenía en esa pasión creadora.

Nada fue igual después de la separación para ninguno de estos dos grandes artistas. El Dr. Atl siguió trabajando, pero los años, los duros trabajos a los que había sometido a su cuerpo le pasaron factura. Nahui sin embargo pagaría en carne propia la osadía de enfrentarse a las convenciones sociales en un país que tal vez no estaba preparado para que un cometa luminoso como ella cruzara su firmamento. La obra de Nahui Ollin ha quedado relegada al cajón de las curiosidades, de la locura, de los extrañamientos. Y sin embargo aún podemos perdernos en esos ojos maravillosos que nos regresan en los autorretratos que ella pintó en esa azotea del centro de la ciudad en donde convergieron la magia y la sensualidad, o en las fotografías sensuales y atemporales que le realizó el fotógrafo norteamericano Edward Weston.

Nahui fue condenada al ostracismo a pesar de que siguió viviendo entre nosotros (falleció en 1978 en la misma casa en donde había nacido y en donde vivió recluida por más de veinte años en Tacubaya.)

Nada fue igual par ninguno de estos dos artistas excepcionales, pero la pluma precisa, concisa de Alain-Paul Mallard, logra traernos ante nosotros esa pasión profunda, hermosa, malsana, intensa que ellos dos construyeron en ese antiguo templo católico.