‘El Pericazo Sarniento’ (Selfie con cocaína) de Carlos Velázquez

Para los lectores de literatura mexicana contemporánea el nombre de Carlos Velázquez es ya un nombre reconocido. Autor de libros de cuentos como ‘La Biblia Vaquera’, por el cual fue reconocido, gracias al poderoso juego de lenguaje que utilizaba, que se basaba en la riqueza lingüística del norte de nuestro país, que venía acompañado por un corrosivo humor negro, o La marrana negra de la literatura rosa, en donde los personajes de los cuentos de Velázquez desnudaban un mundo crudo, oscuro, estrambótico, en donde aparecían lo mismo extraños cantantes de rock, que ficheras o travestis, que convirtieron al autor es uno de los más seguidos por las jóvenes (y no tan jóvenes) generaciones de lectores. Muchos, seguro, les habría gustado acompañarlo a sus rocambolescas fiestas. O a las fiestas que muchos nos imaginábamos que el autor agarraba con los personajes de sus cuentos.

Sin embargo, Velázquez ha iniciado un viaje literario en donde su vida y sus correrías se han convertido en la materia prima de su obra. Libros como El Karma de vivir al norte, en donde nos relata en varias crónicas la pérdida de la cotidianidad y de la civilidad, en el norte del país, gracias a la violencia generada por la llamada “guerra contra el narco”, nos da cuenta de  un cambio hacia un punto de vista más reflexivo sobre nuestra sociedad. Aunque si bien en ese libro de crónicas, el autor nacido en Torreón en 1978, ya nos hablaba de las colonias más emblemáticas para comprar cocaína en la ciudad norteña, como el Cerro de la Cruz y la zona roja, ahora Velázquez se dio a la labor de contarnos ahora sus años de consumo acelerado de cocaína en su más reciente libro de crónicas, El Pericazo Sarniento, publicado por la editorial Cal y Arena, y con el que se hizo acreedor al Premio Colima 2018.

Este libro nos narra los años de consumo de drogas del autor, de una manera sumamente sincera, sin tapujos, sin medias verdades, sin mentiras. Lo cual lo convierte en un documento sumamente valioso y valiente. Porque hay que decirlo, pertenecemos a una sociedad en donde el consumo de drogas se ha disparado, se ha hecho cada vez más evidente y más cotidiano, pero seguimos siendo una sociedad hipócrita, en la que se habla poco del tema, y cuando se habla, se toca desde las perspectivas más moralinas y mochas, sin importar que la salud de cientos de mexicanos se encuentre en el epicentro del problema.

Pero además del valor y la honestidad con la que está escrito, El Pericazo Sarniento es un libro que tiene un valor documental importante, pues nos narra desde una perspectiva presencial, las transformaciones, los cambios sufridos en los barrios de la ciudad de Torreón.

Aquí valdría otra acotación, el narco no surgió de la nada, y lo que vemos en las primeras crónicas del libro de Velázquez, es cómo transcurría la vida cotidiana de los barrios de la ciudad, en donde el consumo de pastas, marihuana y alcohol, ya estaban ahí, como caldo de cultivo para la explosión del consumo de cocaína, que vendría a transformar el rostro de ese barrio, y de cientos de colonias y barrios, a lo largo y ancho del país.

Las primeras crónicas de El Pericazo Sarniento nos hablan sobre la infancia de Velázquez, de los amigos malosos que iba descubriendo, de los juegos de basquetbol nocturno, el rock, y sobre todo el descubrimiento de las drogas. Las pastas fueron el primer amor de Velázquez, quien sin embargo pronto descubriría lo peligroso de ese amor, y tuvo que cambiar y probar nuevas sustancias. La marihuana nunca fue lo suyo, hasta que una tarde descubrió la cocaína en un estudio de tatuajes del centro de Torreón, y tal como dice en la crónica “Pascual days”, ese amor no lo suelta.

Y de ahí pal real, como dicen las mismas crónicas. El uso (y el abuso) de la cocaína se hizo recurrente. A pesar de que el escritor descubrió la escritura al poco tiempo después. Que es su otro gran amor. El más real, sin duda. Aunque la escritura puede ser aún más exigente que la cocaína y la fiesta. Exigente y desgastante. Pero para toda esa presión existía la “soda”, nombre que recibe la cocaína en aquellas regiones del norte del país.

Fiestas, loqueras, nos son contadas por un Velázquez que no busca la complacencia, ni el aplauso de los lectores. Tampoco busca el arrepentimiento. El autor nos narra los excesos a los que sometió a su cuerpo y reflexiona sobre esas largas noches convertidas en días en donde su nariz esnifó toda la coca que estaba a su alcance. Pero al mismo tiempo nos relatará la cercanía con los amigos de juventud, esos con los que pruebas todas las drogas a tu alcance, esos que a tu madre les parecen las peores amistades del barrio, esos con los que nunca debes juntarse, esos meros: La Peineta, El Pájaro, Marquitos y Juanito. Algunos ya no están, como suele suceder con esos amigos con los que no te deberías juntar.

“Meterte coca es lo mismo que estar atrapado en un matrimonio en eterno conflicto. Rompes con la droga. Regresas con ella. Vuelven a tronar. Tienen sexo de reconciliación. Se gritan otra vez. Hasta que se divorcian. No existe nada más duro que la separación emocional con la droga. La coca cobra una factura exorbitante. Cuando te metes y cuando no. Si la sacas de tu rutina el hipotálamo se rebela. Se crea un vacío en tu vida. Algunos tratan de suplir su necesidad con alcohol o comida. El metabolismo se dispara. A diferencia de los alcohólicos anónimos, jamás se corta la relación con la sustancia. El cocainómano que ha reñido con la droga entra en estado de hibernación. Unas vacaciones de la droga es el mejor afrodisíaco para tomar un segundo o tercer aire en la relación”. Nos dice Velázquez sobre la intensa relación que establece el adicto con la sustancia. Una relación que puede durar años, claro con efectos secundarios, pero en la que la persona, sí logra sortear los primeros meses (o años) del “enamoramiento” logrará desarrollar una larga duración con esa sustancia que lo mantiene loquito. Años con altibajos y haciendo locuras, para conseguir esa sustancia, que por supuesto sigue siendo ilegal: Salidas a las cuatro de la mañana de la fiesta para conseguir algo más, caminatas hasta los peores lugares, las peores colonias del país o del mundo, para hablar con las peores personas del mundo, para conseguir algo más. Nunca hay suficiente y las fiestas pueden parecer eternas.

Pero nada es eterno. Todo acaba. Y Torreón dejó de ser una fiesta: La guerra contra el narco de Calderón, solo provocó una guerra desalmada entre Zetas y Chapos por el control de La Laguna. Esta guerra, sangrienta y desalmada, provocaría cambios irreversibles en la vida de muchas personas en todo el país. Cambios que también afectaría la manera de comprar, conectar y conseguir cocaína en muchas ciudades. Lo peor, la droga seguía ahí, con muy mala calidad, pero estaba en las calles. Y eso es una tentación para cualquier persona que tenga una adicción. Velázquez no era la excepción, pero además su vida personal sufriría un cambio, al convertirse en padre de una niña. Ahí las cosas se transformarán. Dejará de consumir en Torreón, tratará de mantenerse sano, hará ejercicio, tratará de beber menos y no ser un clon del pasado. Las cosas cambiaban un poco cuando tenía que viajar a otros lugares gracias a la literatura. Viajes en donde sí era posible conseguía e inhalaba cocaína. Hasta un viaje a Madrid en donde la peor pesadilla de cualquier cocainómano se cumplió: la droga le hizo el  efecto de mantenerlo callado, silenciado durante toda la noche. Ahí se dio el punto de quiebre.

El Pericazo Sarniento, como dijimos al principio es un libro de crónicas intenso, fuerte, lleno de experiencias personales, que no son ejemplo de buena conducta para nadie. Es un libro divertido, pero que también tiene su parte de reflexión. Claro, la reflexión que da la noche, la cruda, la reflexión del hombre que ha salido indemne de mil batallas con la soda. No es una reflexión moralista, y eso se debe de agradecer en los tiempos que corren, en los que el tema de la legalización de la marihuana para uso recreativo se da casi como un hecho. Sin embargo, es necesario cambiar la política de represión contra el consumo, y verlo como un problema de salud pública, más que un tema de seguridad pública, si queremos, si pretendemos salir del infierno en el que la llamada “guerra contra el narco” nos ha sumido en los últimos doce años.

 

Categorías

Libros