El encanto del shoegaze bajo el cielo de Reading

1989: Una nueva agrupación habría de surgir desde el trasfondo de una súplica colorida llena de brillantes arreglos pop y guitarras suspendidas con una elegancia emocional que definirían su sonido entrada la década de los ’90. La vida fue breve pero el legado eterno.

Es difícil recordar un movimiento musical, pero cuando un pilar tan mágico como Slowdive se extiende hacia el cielo como si fuera a tocar el sol, es cuando se derrumban imposibles y nace una nueva ilusión de que todo lo sagrado y utópico es alcanzable. Ellos, la banda; destacan por sí mismos, todo es un conjunto perfecto.  Su música a pesar de contar con muchos representantes de ese género, no ha sido igualada por ninguno de sus contemporáneos o cualquiera de las bandas que han influenciado. Así que, ¿por qué es tan importante su regreso? Pareciera que hasta hace un par de años o quizá tres a nadie le importaba; estaban equivocados, quizá las olas vibrantes de sentimientos que provocan en sus más fieles seguidores que los abrazan desde ese debut con Just For A Day estaban sólo en un letargo. Después vinieron el glorioso Souvlaki y finalmente Pygmalion. Si se piensa en ello, con calma y detenimiento, definitivamente es una de las trilogías más influyentes en el desarrollo de la historia de la música que abre nuevos mundos hasta finalmente sentirse a gusto y encontrar  una  identidad que muchos se la pasan buscando.

Sus melodías son una explosión nebuloso instantánea, son un banco de sueños de acordes cargados de intimidad, pasión, romanticismo y que conmueven con una riqueza inducida al soneto de la poesía más pura. La literatura de sus letras cobran vida evocando imágenes inspiradas en lo que siente el corazón, pero no cualquier corazón, un corazón flotante cubierto del más bello espacio-pop que alguna vez estuvo en ruinas y que ahora se rehace, se agita y se acelera como si un nuevo respirar cubierto por la brisa de su narrativa que todavía sigue palpitando gritara desesperadamente: “aún podemos sentir”.

Slowdive  no se desvanece sino todo lo contrario, se reformó en 2014 y aquellos versos con los que conocimos a Neil Halstead y Rachel Goswell años atrás parecieran ser ahora muy futuristas o como si nunca se hubieran ido o borrado, vuelven con su acústica, con su ligereza al componer, con sus distorsiones que desgarran corazones pero que no los matan, que no los destrozan o tal vez sí.

Vuelven con esa metáfora que siempre los ha caracterizado más allá de ser un gris o un frío, sus interpretaciones son una conmoción de posibilidades celestiales únicas para describir varias facetas del existir humano. Algún día la vida será justa y nos convertiremos en una canción de Slowdive.

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